Con la garantía del Estado
Si los inversores individuales españoles se han caracterizado por su carácter conservador, las turbulencias vividas en los mercados no han hecho sino exacerbar esa característica. En los orígenes de la crisis subprime, cuando las bolsas acusaban la desconfianza que comenzaba a extenderse como un fuego de verano en un bosque seco, los inversores de fondos de inversión comenzaron abandonando la renta variable. La desconfianza comenzó a instalarse en los mercados y las agencias de rating saltaron a la palestra como las grandes responsables. Si su papel es definir el nivel de calidad de una emisión y, sin embargo, cambian sus propias calificaciones semanas o días después de haber emitido la calificación original, su credibilidad desciende a niveles ínfimos.
Millones de inversores se apoyaban en la evaluación independiente y objetiva que supuestamente proporcionaban las agencias de rating, mientras que éstas se veían recompensadas no por sus honestas recomendaciones y altos estándares, sino precisamente por lo contrario. No es tan sorprendente, si consideramos que los ingresos de las agencias dependían directamente de los emisores de títulos que ellas califican, circunstancia que hizo que, entre 2002 y 2007, las tres agencias de calificación doblaran sus ingresos.




